Estación 26

Tomada de http://www.rsavio.com/moldova.htm

¿Usted conoció a don Luis? Si, ese. Le decían ‘chomo’ y todos sabían donde encontrarlo. Siempre andaba con los pantalones medio caídos, camisas de botones, botines negros o cafés.

De vez en cuando -según el frío fuera más o menos tolerable- vestía un sobrero aguadeño (tenía como 6, contando dos vueltiaos) y una de sus ruanas… esas que aún me abrigan cuando vuelvo por las 16 calles que recorrí mil veces antes de crecer.

Don Luis era correcto, fumaba mucho, tomaba cuando se le antojaba (no muy seguido, por fortuna) y siempre que revolvía el café caliente, dejaba la cuchara sobre la mano cualquier despistado de confianza que estuviera cerca.

¿Si supo? Él hacía el mejor tinto de esa tierra tan fría, y en su local pequeñito, había tanto calor humano que cuando llovía uno no quería salir.

En el mostrador de la derecha, sobre la vitrina refrigerada y con reja protectora estaba alto -casi inalcanzable- el exhibidor de los chicles, confites, bombones, chocolatinas y nucitas.

Afortunadamente estaba la ‘pocetica’ esa donde lavaban las trapeadoras, entonces uno podía treparse, hurtar lo que la manito abarcara y huir con el botín.

Cuando el hurto se frustraba, una jornada de chantaje a punta de abrazos, pucheros y besitos servían para que la dosis diaria de dulces se elevara un poquito.

Pero no siempre eran sonrisas y raspones de barba en los cachetes rosaditos, típicos de niña de tierra fría. Cuando se enojaba sus arrugas se marcaban. Con toda la seriedad posible me llevaba del brazo hasta el último cuatro y me sentaba sobre la mesa que doña Cecilia usaba para planchar.

Mientras hablaba y preguntaba, como siempre, el por qué de las cosas que no entendía, mis pies delgaditos de niña despeinada salían debajo de un vestido y movían nerviosos.

Cuando ya no hubo más niña, sino una muchacha de jeans y camiseta, quedó una lección que aún permanece: “Mija, nadie está por encima de usted y de sus sueños”.

Y toda esa vuelta por el pasado sirve para que hoy, un día antes de parar en la estación 26 de mi vida, yo recupere un tris de la calma perdida.

La estación de la limonada
Si señores, 26 vueltas al sol y no me acuerdo del paisaje. Pero sigo en el camino.

Esta es la estación de la limonada porque es refrescante: ya no soy tan niñita, pero aun falta un poquito para ser una señora, aunque cada vendedor de Medellín se empeñe en decirme lo contrario.

Tiene mucho de limón: un sabor ácido de recuerdos que te ponen mala cara pero que sirven para que sentir con más intensidad el azuquitar que viene después.

En esta estación arrancamos con nuevos planes, porque aunque soy amiga del reciclaje, prefiero pensar que las ilusiones son biodegradables… casi como residuos orgánicos.

Hay menos amigas, pero mejores historias. Hay una nueva sobrina en camino y una ahijada que ya casi llega y que será la excusa para ver a mi mejor amiga, 13 años después.

Hay familia otra vez, historias de otra ciudad, amigos que llegaron de internet y se quedaron para sacarme sonrisas –y sacarme los sábados en la noche a algún parque en el sur-. Si, de esos amigos que se quedan en el corazón.

Hay un nuevo trabajo para el que hay mil doscientos millones de planes, compañeros que alegran la vida con tinto y cerveza, un jefe al que sólo he visto comiendo chicharrón en Envigado pero al que molesto cada que puedo y un nuevo ‘hijo virtual’ que es un hit.

Hay recuerdos de muchos amaneceres en una casa que no es la mía, de un atardecer con música en el celular y muchos coco locos en la playa. Y hay, como no, la certeza de que lo que fue nunca volverá a ser.

Y bueno, ya estoy vieja. No quería aceptarlo, pero la cana que acabo de encontrar en la almohada habla por sí sola. Eso sí, el espíritu de niña curiosa tratando de tener un dulce de más permanece intacto.

Nota final
Uno siempre vuelve a sus orígenes, y este espacio no es la excepción. Arranqué hablando de mi, y hoy vuelvo con el mismo tema.

¡Qué manía tan maluca, habiendo tantas cosas fascinantes allá afuera para contar!

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agosto 5, 2012 at 6:07 pm Deja un comentario

Chao, Bogotá

Imagen tomada de unipiloto.edu.coHola Bogotá,

Se nos acaba este primer round. Dedico mis últimas horas con vos a decirte lo que siento.

Hace seis meses llegué y no estabas. Claro, era domingo en la noche y vos a esa hora dormís, a no ser que el día siguiente sea un festivo; ahí sí hervís en gente y mostrás lo mejor y lo más sórdido de vos.

Me recibiste con tu mejor estilo: viento frío y lluvias dispersas, y antes de que pudiera aterrizar ya me habías envuelto en tu cotidianidad: oficinas, tacones, comidas rápidas y jornadas de trabajo de 9 horas o más.

Un par de semanas después ya caminaba algunas de tus zonas con algo de propiedad y contaba con un arsenal completo para mi defensa: abrigos pesados, guantes, bufandas, busos y medias. Me tomó un par de días entender por qué la gente me miraba como extraterrestre cuando me vestía como para salir a la nieve, aunque afuera brillara el sol.

Después de un mes me diste un lugar al que pude llamar hogar, con ese sello que sólo tú sabes poner: siete compañeros venidos de todo el país con los que me crucé no más de cinco veces en la cocina y una casera salida de un capítulo de Los Simpsons.

Con ella, loca de los gatos (pero sin gatos), aprendí a levantarme a punta de canciones cristianas en modo karaoke y entendí que uno puede pasarse la vida en piyama y ser feliz. Gracias por esas mañanas a punta de pulidora y cera de pisos con olor a betún Búfalo mezclado con formol, y por esa última noche perfumada con sacol.

Viviendo sin gatos
Sólo vos, Bogotá, tenés la capacidad de albergar en tus calles a una barranquillera criada en Medellín y más enredadora que culebrero de Marinilla.

Aún me pregunto cómo podés soportar que cada tres días desarme dos camas y las pasee por toda la casa, sólo para cambiar de lugar una mesita; o que sufra de una aparente claustrofobia que no la deja cerrar la puerta de su cuarto en la noche, pero tampoco la deja salir de su casa más de dos veces en la semana.

¿No te parece extraño que ella dramatizara sus tragedias al mejor estilo de Thalía en Marima (auuu!) sólo los viernes en la mañana, mientras yo clasificaba la ropa para lavarla? ¿O que tuviera esa extraña obsesión por preguntarme si dejé una enredadera de pelos monos en el baño, aunque le mostrara mil veces que mi cabellera es castaña?

¡Aunque no lo creas le tomé cariño!

En el futuro, regálale una casa cuyo piso no sea de madera, para que no se despierte con los pasos de sus inquilinos borrachos un sábado en la madrugada. Procura que en esa casa las puertas funcionen, para que todos sus huéspedes no se enteren cuando otro se levanta a las dos de la mañana.

Te dejo, Bogotá
Seis meses después de nuestro encuentro, preparo todo para irme… eso también te lo debo a vos. Gracias por haber soportado mis depresiones y llantos de cada 28 días, por ayudarme a llevar una “tusa”, por enseñarme alternativas de entretenimiento en casa sin televisor y por dejarme pasear por la historia patria en tus calles del centro.

Aunque no lo creas, aprendí a disfrutar tus noches lluviosas, tus mañanas de tamal con chocolate, y tus cines que me cobran mil pesos más por ponerle caramelo a mis crispetas. No pude con tu changua, tu mazamorra y tu peto, pero amé tu pan recién horneado y la cerveza artesanal que sólo vos producís.

Me voy algo cambiada: ando por todo el cuarto en calzones aunque son las cuatro de la madrugada, no paso el 80% temblando de frío, ya no creo que todos los rolos son agrios y entiendo por qué la gente “se da garra”.

La distancia y la soledad en la que me pusiste me enseñaron a ver la vida con ojos más sencillos, a apreciar pequeños detalles cotidianos y a entender que en medio de un mar de gente, es apenas obvio que cada uno ande pensando sólo en su mundo.

Me llevo una inmensa gratitud, una imagen mejorada de vos y el agradecimiento por re-encausar mi camino profesional. Cuida a los pocos amigos que dejo… ellos hicieron más fácil mi paso por aquí.

Espero que los que quedan te quieran más y dejen de arrojar sus porquerías por las ventanas de un vehículo a toda velocidad. Deseo que algún día tus equipos de fútbol vuelvan a ganar para darle una alegría a esos que tanto te quieren.

Me voy feliz. Algo me dice que un día volveré y que para entonces todo será más fácil. Por lo pronto… ¡Chao Bogotá!

mayo 9, 2012 at 4:49 am 4 comentarios

El mejor tabaco del mundo

Segundo cohibaAún no eran las 10 de la mañana y y hacía calor en la sala, donde más de 30 personas clavaban su mirada en cientos de hojas, mientras algunas fumaban un cigarrillo. Hombres y mujeres de todas las edades y colores movían aceleradamente sus manos y enrollaban las hojas secas y cafés; de vez en cuando levantaban la mirada para ver a un grupo de turistas que hablaba en inglés y miraba a todas partes.

La quietud del lugar, el silencio y el sueño del guardia que yacía de pie en medio de las hileras de trabajadores fueron espantados cuando una de las turistas lanzó una propuesta al aire: ¿puedo hacer un tabaco?

El guardia miró sorprendido al hombre mayor y moreno que había estado hablando con ella en español, la guía cubana interrumpió su conferencia con los demás turistas y sólo atinó a decir: ¡Vanesa, qué vas a hacer! Luego de un silencio tensionante y la mirada inquisidora del guardia de camisa roja desteñida, uno de los turistas dijo: she’s crazy! y las carcajadas resonaron en el lugar, luego de lo cual el guardia accedió a dejarme sentar al lado de uno de los obreros.

En cuestión de segundos, mis manos limpias y con manicura se mezclaba con las gruesas y toscas palmas de José, quien intentaba explicar lentamente en qué consistía el cuento de hacer un buen habano. Yo miraba atenta, aunque no entendía mucho, mientras acomodaba una manta café de cuero en mis piernas y detallaba cada uno de los rústicos aparatos.

José dispuso las hojas: primero la cripa, una hoja flexible con aspecto de cuero, que iría al final del tabaco. Dos hojas claras, media hoja oscura que otorga el sabor fuerte, y una hoja más tostada que las demás componían el material. Lentamente el cubano me enseñó la técnica para retirar el tallo de las hojas de forma rápida y enrollar todo en la mano, para luego envolverlo en la hoja base: “tienes que apretar para que quede del mismo tamaño”, decía.

El desespero se apoderó de su cara ante mi torpeza, pero con una sonrisa logré que me ayudara a enrollarlo sin romperlo. Acomodé el rollo, que lucía como cualquier cosa, excepto como un tabaco, en una caja de madera con espacio para 7 tabacos más. Luego José puso una tapa y dijo: lo voy a prensar.

Sonreí y le pedí que me dejara hacerlo, pero se negó. Insistí y el hombre accedió y me indicó que debía girar la pieza de metal para descargar una lámina pesada sobre la caja con tabaco. Por primera vez el negro carcajeó al ver que me ponía roja pero la manibela no se movía ni un centímetro. Me pidió que me parara de su silla y dijo: “ta bien, ahora a esperar diez minutos para que termines” .

Caminé por el salón viendo a los jóvenes que tuvieron que hacer un curso de nueve meses para poder hacer lo que “la muchachita esa” estaba haciendo con sólo pedirlo. Volví donde José, retiramos el tabaco y lo envolvimos en la cripa. Ahora si lucía como un habano.

Cortamos los bordes con una rústica maquinita de metal, bastante pequeña y José adecuó uno de los extremos con goma natural y un trozo de cripa, para que pudiera ser fumado. “Ya está, ahí tienes tu primer tabaco”.

Sonreí y miré con alegría a todos, exhibiendo el tabaco como si fuera el premio nobel de literatura y pasandolo luego por mi nariz. Me despedí de José, quien volvió inmediatamente a su trabajo y seguí mostrando mi tabaco.

Luego de unos minutos en los que el guardia se distrajo, tomé un billete de 3 CUC (la moneda usada para los turistas) y lo enrollé en mi mano. Volví donde el negro y estiré mi mano, ocultando el billete. “Mirá José, gracias por enseñarme, ya sé enrollar las hojas”.

El hombre tomó el billete y lo miró con sorpresa. Uno de esos es equivalentes a 60 de los que el gana por 8 horas de trabajo de lunes a viernes, haciendo unos 150 tabacos por día. Sonrío con satisfacción, finalmente ambos teníamos lo que queríamos: él un dinero extra y yo una gran experiencia.

Mientras atravesaba la puerta, el guardia grito: oye niña, ojalá te guste, en la tienda puedes comprar algunos Cohibas. Volteé para verlo, levanté de nuevo mi tabaco y le dije: ¿para qué? ¡si ya tengo el más valioso del mundo!

*La foto que acompaña el texto corresponde al segundo tabaco, fabricado el mismo día en Viñales, en medio de una demostración para los turistas.

enero 12, 2011 at 7:01 am 7 comentarios

Homicidio de despedida

Comparto con ustedes un texto escrito en 2006. Lo encontré por casualidad y me llamó la atención. Espero que a ustedes también les agrade.

En una de esas mañanas en Belmira, un municipio que emerge solitario entre los páramos del norte de Antioquia, se planeó el crimen.

Un grupo de estudiantes del grado once del único colegio urbano llegó a la conclusión de que había que matar a alguien para que su despedida tuviera un mejor sabor. Tenían el espíritu de la integración más vivo que nunca, pues eran concientes de que una vez se graduaran ya no volverían a reunirse.

Aquel día, el sol brillaba como pocas veces lo hace en el norte, pero no lograba acabar con el frío que reinaba. Mientras los estudiantes aguardaban afuera del aula la llegada del profesor, este grupo conformado por unos 6 hombres y 7 mujeres discutían en modus operandi y los argumentos que usarían para cubrir su pecado.

La principal preocupación era la víctima, pues entre tantos candidatos era difícil elegir alguno, sin embargo, todos coincidieron en afirmar que el más gordo era el que debía morir.

***

El colegio de Belmira tenía un énfasis agropecuario, y en una de sus salas se guardaban los implementos agrícolas: palas grandes, picas filosas, machetes y sogas. Los estudiantes decidieron que la mejor forma de darle fin a la corta vida de su víctima sería ahorcándolo con una soga, pues era más fácil elaborar una coartada si no había sangre.

Ese día, al final de la mañana, la estrategia ya estaba montada y cada quien se encargaba de ultimar los detalles que se le habían asignado, haciendo el mayor esfuerzo para no levantar sospechas. Se había decidido que harían su trabajo en la mañana, antes de que llegaran los estudiantes del colegio, pues así se evitaban las sospechas y era más fácil controlar cualquier ruido que produjera la víctima.

Llegó la tarde y la noche, y la ansiedad de los estudiantes se intensificaba. En sus rostros podía verse el placer que les producía pensar en lo que harían.

***

A la mañana siguiente, a las 7:15, el grupo de estudiantes puso en marcha su plan. Así, mientras las niñas cumplieron con la alimentación de las gallinas del colegio, requisito impuesto por el profesor del área de pecuaria,  los hombres se dirigieron a la habitación en la que dormía la víctima.

Al llegar se encontraron con una reunión familiar en la que todos comían y bebían agua hasta la saciedad. El grupo de asesinos se acercó a su víctima, el más gordo de todos y lo rodeó. Lo miraron con placer y maldad y procedieron a agarralo por el cuello. Los gritos comenzaron a sentirse en el solitario colegio, y en unos pocos segundos el escándalo se intensificó. La lucha se hizo más dura pues la víctima luchaba con todas sus fuerzas para no morir; entonces el encargado de la ejecución determinó que era mejor ahorcarlo con las manos, pues la soga dejaría marcas visibles que los podrían delatar. Así procedió a apretar con todas sus fuerzas el cuello de la víctima que intentaba defenderse rasgando con sus extremidades superiores los brazos del verdugo.

La lucha y el escándalo duraron cerca de cinco minutos tras los cuales el grupo huyó, no sin antes ubicar el cadáver en una posición acorde con su coartada.

***

A las 8 de la mañana, el colegio estaba presto a iniciar su jornada académica, cuando una noticia irrumpió en el aula del grado 11: uno de sus más entrañables amigos había amanecido muerto. La angustia se apoderó de los estudiantes que acudieron corriendo a la escena del crimen.

El panorama no podía ser más desolador: quienes presenciaron lo que pasó en la reunión matutina con el muerto ahora estaban callados en un rincón de la habitación, mientras el cadáver yacía bajo una lámpara con los ojos abiertos y una particular expresión de dolor.

Nadie encontraba una explicación para aquella muerte, hasta que unas horas más tarde, una de las profesoras expertas hizo público la causa del deceso. Según ella, el fallecimiento se produjo por ahogamiento con un pedazo de comida.

Los estudiantes se sorprendieron, pero los tranquilizó el hecho de saber que no había sido un virus, como inicialmente se había pensado.

***

Al final de la mañana, el grupo de homicidas esperaba ansioso que los encargaran de la sepultura del cadáver para descuartizarlo con sus propias manos, pero se llevaron una gran sorpresa cuando se les notificó que ese trabajo lo haría lo docente sin decir nada al resto de los estudiantes.

Con tristeza los jóvenes vieron como, después de tanto trabajo, se les había escapado el pollo seleccionado para el sancocho de despedida.

Epílogo
Nadie en el pueblo sospechaba de los estudiantes, y de no haber sido acusados por sus compañeros, jamás se hubiera desconfiado de ellos, pues los 13 integrantes del grupo eran los mejores estudiantes.

Después de que se enterró al pollo muerto por “ahogamiento”, las mujeres del grupo decidieron llevarse una de las gallinas que cuidaban. También la ahorcaron, pero esta vez la sacaron secretamente entre el bolso de una de ellas. Al sábado siguiente hubo un gran sancocho de despedida. El colegio decidió regalarles otra gallina y como no alcanzaba para todos, se robaron otro pollo de una casa vecina.

Jamás fueron descubiertos.

Imagen: http://forgotston.com/2007/12/

agosto 10, 2010 at 5:01 am 2 comentarios

El génesis, mucho tiempo después

El pedacito de carne con ojos vio la luz artificial de una lámpara a las 9:15p.m de un día como hoy, pero en los maravillosos 80’s, de los cuales no recuerdo  nada.

No sé qué pasó ese día, más allá de los 3 frascos de Pitosin que el cuerpo hinchado de mi mamá debió asimilar para apresurar el parto, mientras los médicos esperaban a que los huesitos de la niña se acomodaran en la posición normal. Todos rezaban, pues de seguir atravesada –como se supone que sigue aún- hubieran tenido que partir en dos la humanidad de doña Cecilia por segunda vez.

La niña volvió a la casa para ser levantada por todos los brazos del pueblo y, después de un mes, perdió  por fin la apariencia de monstruo que tienen todos los recién nacidos. Y entonces se dedicó a llorar, babear, tomar leche, crecer… y todas las cosas que hacen los niños a esa edad.

Siguió creciendo y se la vio siendo empujada por cualquiera de sus compañeritos a través de los corredores de una casona que servía de escuela mientras montaba su lonchera metálica con un diseño que nadie recuerda, al mejor estilo de un conductor de Fórmula 1. Hay registros de un destrozo facial completo por las calles recién asfaltadas del pueblito cuando ni siquiera completaba una década de respiros.

También se la vio de botas de caucho, colgada de la ruana de su padre, brincando por las calles, con los cachetes rojos producto del sol de tierra fría y del viento que hacía sentir con fuerza los 13ºC de clima promedio.

***

Y entonces cambió…

Aunque no mucho.
Después de terminar la primaria comenzó a crecer, pasó de usar el uniforme rojo de las niñas a ser una muchacha “grande” (de 169 cm según la sabia y no siempre precisa Registraduría Nacional).

Adquirió el hábito de correr por la calle principal en sentido norte sur a las 8:02 a.m, desde la cafetería de su padre hasta el colegio mientras sonaban las últimas notas de “Moliendo Café”, canción que anunciaba el cierre de puertas de colegio y el inicio de las clases. También se le vio saltando ventanas y pasando mallas metálicas para entrar a clases a las 8:08 a.m.

Y después de 17 años corriendo por las mismas 18 calles, la niña pasó a la universidad pública, convirtiéndose en el orgullo más grande de su padre, ese mismo que un día se despidió con “hablamos mañana, mija”, pero cuyo corazón se paralizó a la mañana siguiente, en la entrada de un hospital.

La ciudad le cambió el tono de las mejillas, le enseñó a sobrevivir sola, a caminar de madrugada por las calles…
Hoy, con algunos amigos sembrados en el alma, muchos compañeros de trabajo y estudio hacia los cuales hay mucha gratitud, algunos viajes enriquecedores  y un amor lejano,  vuelve a ser 6 de agosto.

Por eso no queda más que celebrar los 24 años. Sí, es cierto… estoy más vieja (o madura, o experimentada, o lo que sea),  pero por fin pude escribir en este blog, así que de algo debe haber servido.

agosto 6, 2010 at 5:14 am 6 comentarios

Hello world!

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octubre 23, 2009 at 12:35 am 3 comentarios


Lo que se dice